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Lectura de SENTIDO CONTRARIO

Samstag, 06. Februar 2010 | © rechtsstaat-mexiko.de

Luis Hernandez
„Sentido contrario –Vida y milagros de rebeldes contemporaneos“
Berlin 5 de febrero de 2010
Copyright: Luis Hernandez, La Jornada

En 2005 viajé con Ramón Vera a Morelia, Michoacán, para realizar una entrevista colectiva sobre el tema de la autonomía regional y la migración a un grupo de dirigentes indígenas y campesinos puhrépechas pertenecientes a distintas organizaciones regionales.

La reunión se efectuó en el local de la Unión de Comuneros Emiliano Zapata (UCEZ), dirigida por Efrén Capíz. Al concluir la sesión y la comida, el líder campesino, gravemente enfermo, nos invitó a visitar su casa. Allí, junto a su esposa Eva, nos enseñó, orgulloso, fotos y documentos que daban fe de una larga vida de lucha. Su domicilio era un archivo viviente, lleno de expedientes solicitando tierra, testimonios de encuentros rurales e imágenes en las que el dirigente aparecía al lado de personalidades como el subcomandante Marcos y el general Lázaro Cárdenas. Quería que lo viéramos todo.

A pesar de su insistencia en que nos quedáramos más tiempo y del deseo de compartir con nosotros su tesoro testimonial, tuvimos que irnos para poder tomar la carretera con un poco de luz y llegar a buena hora a la ciudad de México. A don Efrén lo traté en distintos momentos. Lo conocí en 1980 en el marco de los encuentros que dieron nacimiento a la Coordinadora Nacional Plan de Ayala y, más tarde, durante el diálogo para la paz en Chiapas y la formación del Congreso Nacional Indígena. Era incansable.
A los pocos días de esa reunión, el abogado puhrépecha murió. Sin darnos cuenta, el día que nos invitó a su casa a conversar y a enseñarnos los testimonios de su larga marcha, se estaba despidiendo de nosotros. Lamenté profundamente no habernos quedado más tiempo con él escuchando sus historias y viendo sus documentos. Y sentí aún más que se supiera tan poco de él fuera del mundo agrario y campesino.
Algo parecido me sucedió en Venezuela, un año después, con el abogado y organizador de sindicatos independientes Julio Macossay. Lo conocí en 1975 en la ciudad de Campeche tratando de organizar un sindicato independiente de los trabajadores de las industrias de la madera y el mueble. Acababa de ser expulsado de la universidad estatal por querer instalar una radiodifusora. Era un personaje lleno de vitalidad y deseo por cambiar al mundo. Desde esa fecha nos encontramos intermitentemente en varias luchas sociales. En 2006, muy enfermo del corazón, me narró en Caracas durante un par de días las aventuras y apuestas que había hecho durante los últimos años de su vida y que yo ignoraba. Al poco tiempo, en un viaje a Europa, falleció. Me invadió la misma de coraje e impotencia que había sentido con el fallecimiento de don Efrén ante el silencio que se escuchaba en los medios de comunicación por su deceso.
A Floriberto Díaz, el intelectual y dirigente mixe lo conocí en 1978. Yo era en aquel entonces secretario general de la delegación sindical de los trabajadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y él promovía una organización para la defensa de los recursos naturales y el medio ambiente del territorio de su pueblo. Intentamos echar a andar un proyecto para comercializar fruta de su región con los empleados del INAH. La iniciativa se acabó cuando la camioneta en la que transportaban los canastos llenos de mameyes se estropeó y no hubo forma de arreglarla. Desde entonces mantuvimos un trato constante a lo largo de los años. Con él visité su pueblo, Tlahuitoltepec. De él aprendí mucho de lo que sé sobre el movimiento indígena y sus reivindicaciones. Nos volvimos a encontrar en varias conferencias programadas a raíz del alzamiento zapatista en 1994. Su visión del mundo se había refinado enormemente. Al poco tiempo de nuestra última conversación me informaron que su corazón se había cansado de batallar. La desaparición de una figura clave en la elaboración del nuevo pensamiento indígena casi pasó inadvertido.

Efrén, Julio y Floriberto fueron seres humanos excepcionales. Sin embargo, no obstante la riqueza de su vida y a pesar del importante trabajo organizativo que realizaron entre campesinos, trabajadores e indígenas, su muerte pasó relativamente desapercibida entre las nuevas generaciones de luchadores sociales. De hecho apenas se les conoce y se les recuerda más allá del círculo en el que se movían.

Uno de los objetivos de este libro es comenzar a subsanar esta lamentable injusticia. Quiere mantener viva la memoria de ellos tres y de otros más como ellos. Busca difundir entre quienes no los conocieron o apenas oyeron hablar de ellos una pequeña aproximación a su vida.

Eva Forest, la infatigable intelectual recientemente fallecida, escribió: “Recoger los sueños de nuestros muertos y convertirlos en arma creadora que perfora imposibles y orada utopías en busca de nuevos caminos que aceleren el proceso de humanización, ¿no es ya el mejor homenaje?” Este trabajo se inscribe en esta dirección. Ese es el homenaje que quiere rendirles.

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Dios nunca muere

Nada más sonar los primeros acordes de Dios nunca muere los ejidatarios de Atenco cargaron el ataúd de José Enrique Espinoza Juárez rumbo a la parroquia de la colonia Francisco I. Madero. Es 25 de julio de 2002. En esas tierras la música de banda honra a los fallecidos en el camino a su última morada. La muerte, dicen, duele así menos y arrulla a los difuntos.

La sangre que riega la tierra es, en nuestro mundo rural, una ceremonia de perdurabilidad, comunión y fecundidad. Cada año se degüellan en predios, montes y cuevas innumerables gallos y guajolotes en homenaje a la madre tierra o las deidades que cuidan de la comunidad. El sacrificio de José Enrique es en esta tradición una ofrenda a la resistencia por conservar lo propio. El martirio de uno para garantizar la sobrevivencia de todos. Los fundadores de muchos de los más de treinta mil ejidos y comunidades que hay en México aportaron su cuota de sangre para obtener la tierra. Sus sobrevivientes no lo han olvidado. Las casas ejidales adornan sus paredes con retratos y pinturas de quienes perdieron la vida luchando por una parcela. No faltan en ellas flores ni veladoras. Para los atenquenses el homicidio de su compañero a manos de la policía mexiquense y la negligencia médica fueron una tragedia, pero no una anormalidad. Su pérdida fue un eslabón más en la cadena de la lucha por la tierra y la producción. En el mundo campesino la violencia institucional es una realidad recurrente y la muerte no pide perdón ni permiso. Desde diciembre de 2001 se anuncia en Atenco la inminencia del Apocalipsis. Noche tras noche sus pobladores esperan la represión; día tras día resisten.

El decreto presidencial que expropiaba más de mil hectáreas de San Salvador Atenco para construir un aeropuerto les llegó a sus habitantes un 22 de octubre de 2001. No sólo afecta las viviendas y tierras de labranza de sus pobladores, sino también su iglesia y el panteón donde descansan sus muertos. Se pretendió desaparecer casi todo aquello que para la comunidad es sagrado, es decir, diferente, y más importante que la realidad ordinaria: lo que le da continuidad y raíces. El gobierno federal quiso comprar en Atenco lo que para los
campesinos no está en venta. Quiso adquirir con pesos y centavos lo que escapa a las relaciones mercantiles. Muchos ejidatarios consideran a la tierra tan sagrada como su cementerio y su santuario. Para ellos no es una mercancía cuyo valor dependa de la ley de la oferta y la demanda ni un producto que deba entrar al mercado. De ella viven. Con ella han forjado su identidad y razón de ser. Merced a ella han sacado adelante a sus familias. No es un bien intercambiable, ni siquiera por uno similar ni aunque sea de mayor calidad. No necesitan haber ido a la escuela para saber que la obtuvieron por la lucha de sus antepasados; lo suyo no es enseñanza escolar, sino la vida misma. No están dispuestos a perder su único patrimonio por causa de una dudosa “utilidad pública” que servirá a unos cuantos para hacer negocios.

Los campesinos de Atenco no se oponen al progreso, pero sí a una de sus versiones que no los incluye. “Queremos el progreso”, han dicho de muchas maneras. “Queremos proyectos para el campo”, han respondido a quienes los acusan de frenar el desarrollo. Sus palabras no hacen otra cosa que corroborar sus acciones. Durante décadas se han organizado para introducir agua y luz, por tener servicios, por mejorar sus tierras. Antes que líderes políticos sus dirigentes han sido gestores sociales a favor del bienestar de sus pueblos. La resistencia de los atenquenses nació de la amenaza que su cultura e identidad sufrían por parte de una iniciativa que no se les consultó y que se les pretendió imponer. No los convencieron de lo contrario.

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La felicidad es un arma caliente

Arundhati Roy sonríe en Mumbai. Lleva el pelo corto en una sociedad que hace del cabello largo un fetiche. Si la alegría es un dispositivo que nos liga al mundo, si es indisociable de lo común y de la vida inmanente, entonces, la alegría es su vínculo con los otros. Sonríe mientras habla, sonríe cuando escucha a otros oradores, sonríe mientras camina. Es una mujer feliz. Y su sonrisa alumbra su rostro. La escritora ha estado en varias listas de las “cincuenta mujeres más hermosas del mundo”. Uno de los “secretos” de su vida es vivirla rehusando ser una víctima. Otro es no permitirse ser infeliz. Otro más es que hay que tener en mente la propia insignificancia.

Condenada por la aldea de Kerala a la desdicha y a ser eterna víctima, Arundhati enfrentó a sus críticos divirtiéndose. Entrevistada. la activista recordó cómo sus paisanos nunca podrán perdonarles a ella y a su madre el no haber sido infelices por no tener padre y marido. “El asunto central de la lucha feminista es que tiene que haber diversión al final del túnel. Una no quiere esta imagen de mujer sufrida, oprimida y golpeada…. Es un juego de sobrevivencia, y si te permites a ti misma ser infeliz, lo pierdes todo… Creo que es importante vigilar las fronteras de tu felicidad, entender las fuentes de la alegría y protegerlas”. Y aunque no pierde el buen humor, no por ello deja de enojarse e indignarse. Así sucedió con una demanda legal en su contra por el cargo de obscenidad por la descripción de una escena de su novela en la que un dalit (un intocable) hace el amor con una mujer de una casta superior. Sus críticos creen que esa narración es repulsiva y ofensiva para la decencia pública. Sabu Thomas, el abogado que la demandó, alegó que esos pasajes eran una afrenta a la moralidad, cultura y tradición de la India.

Esa felicidad camina de la mano de su sentimiento apasionado por la justicia. “La gente dice que soy muy apasionada. Bueno ¿si no te apasionas con cuarenta millones de personas que son desplazadas y pierden sus trabajos, entonces con qué se puede uno apasionar?” Esa combinación de pasión y justicia le han llevado a escribir sobre los grandes problemas de India y del mundo con una claridad y fortaleza notables. Y la han impulsado, también, a combinar la palabra con la acción. Arundhati escribe desde las barricadas, desde la acción en la que se involucra, desde la desobediencia civil en la que participa, desde la cárcel en la que fue arrestada y desde la experiencia de los tribunales ante los que ha tenido que comparecer por distintas acusaciones. Escribir, afirma, la conduce a través de su vida, y cree en su escritura mucho más que en cualquier otra cosa de sí misma. ¿Escritora comprometida? Roy rechaza el término. “No veo gran diferencia entre El dios de las pequeñas cosas y mis escritos que no son ficción.” Hay incluso quien juzga que la novela es mucho más rebelde que sus escritos políticos.

Alejada de la política tradicional, Arundhati asegura que “lo que necesitamos buscar y encontrar, lo que necesitamos pulir y perfeccionar hasta convertirlo en algo majestuoso y reluciente, es una nueva manera de hacer política. No la política del gobierno, sino la política de resistencia”. Es que, asegura, “la única forma de tener bajo control el poder es oponérsele, nunca buscar tenerlo. La oposición es permanente. La única cosa que vale la pena globalizar es el disenso. Es la mejor exportación de India”